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En la Basílica de San Pablo Extramuros, el Papa León XIV presidió la Conmemoración de los Nuevos Mártires y Testigos de la Fe del siglo XXI, en una celebración profundamente ecuménica y profética. En el marco de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Pontífice recordó que “la esperanza llena de inmortalidad” que habita en los mártires no se apaga con la violencia, sino que se multiplica como semilla de paz en medio del dolor.

Una fe que no empuña armas

El Papa subrayó que estos hombres y mujeres —laicos, religiosos, sacerdotes— han dado testimonio de su fe “sin usar nunca las armas de la fuerza y la violencia, sino abrazando el poder débil y manso del Evangelio”. Desde la Amazonía hasta Irak, desde Somalia hasta Libia, sus vidas encarnan una resistencia espiritual que desafía el odio con amor, y la injusticia con compasión.

Entre los rostros recordados, destaca sor Dorothy Stang, asesinada en Brasil por defender a los sin tierra, quien mostró la Biblia como su única arma. También el padre Ragheed Ganni, mártir en Mosul, y el niño pakistaní Abish Masih, que soñaba con “hacer del mundo un lugar mejor”.

Luz que no se apaga

Durante la ceremonia, se encendieron lámparas a los pies de la Cruz, símbolo de que la luz de la fe nunca muere. El Papa reafirmó el compromiso de la Iglesia de preservar la memoria de estos testigos, en colaboración con otras tradiciones cristianas, como signo de unidad y esperanza.

Cierre movilizador

Hoy, su sangre clama desde los márgenes del mundo, recordándonos que el amor es más fuerte que la muerte. Que su testimonio nos inspire a abrazar una espiritualidad activa, desarmada y profundamente humana. En cada comunidad, en cada territorio, que seamos lámparas encendidas que anuncien la vida, la justicia y la paz.

“Que el sueño de este niño nos estimule a dar testimonio valiente de nuestra fe, para ser juntos fermento de una humanidad pacífica y fraterna” — Papa León XIV

Dorothy Stang: la voz profética que brota en la selva

Entre los rostros recordados en la ceremonia, resplandece el testimonio de sor Dorothy Stang, religiosa estadounidense asesinada en 2005 en el corazón de la Amazonía brasileña. Su vida fue entrega radical a los pobres, a la tierra y a la justicia. Enfrentó amenazas por acompañar a comunidades campesinas y defender el bosque frente a intereses extractivistas. El día de su martirio, llevaba la Biblia en la mano y proclamó: “Esta es mi arma”.

Dorothy no solo denunció el despojo, sino que sembró esperanza en los territorios amazónicos, promoviendo educación popular, espiritualidad encarnada y organización comunitaria. Su sangre se mezcla con la de tantos defensores y defensoras que, desde el silencio de la selva, siguen clamando por dignidad y vida plena.