En tiempos donde la tecnología avanza a pasos agigantados, no podemos olvidar nuestra responsabilidad como administradores de la creación. Recientemente, la edición de fotos con inteligencia artificial para simular un estilo artístico similar al del estudio Ghibli se hizo viral, pero con un costo ambiental alarmante: en solo una semana se consumieron 216 millones de litros de agua, pues cada intento, exitoso o fallido, supone un gasto de 5 litros.
Este fenómeno nos invita a reflexionar no solo sobre los dilemas éticos que rodean los derechos de autor y el uso no autorizado de estilos artísticos, sino también sobre el impacto ambiental del uso masivo de la inteligencia artificial. Como católicos, nuestra fe nos llama a ser guardianes responsables de los recursos que Dios nos ha confiado, y el agua, fuente de vida y símbolo de pureza, merece especial cuidado.
La masificación del uso de ciertas tecnologías nos lleva a cuestionarnos: ¿es justificable el enorme consumo de agua que conlleva, especialmente cuando su uso es, en muchos casos, banal? Lo que observamos es otro ejemplo de externalización de costos, donde desde cualquier computadora se consume energía y agua sin medir sus consecuencias ni asumir el impacto de estas acciones.
Algunos podrían argumentar que existen industrias que consumen aún más agua, y es cierto. Sin embargo, en un contexto de creciente escasez y estrés hídrico, los litros destinados a los grandes centros de datos terminan priorizándose sobre el consumo humano, dejando a las personas en una posición de vulnerabilidad frente a un servicio de agua cada vez más mercantilizado.
Es momento de preguntarnos: ¿Estamos usando la tecnología con discernimiento? ¿Cómo podemos equilibrar la innovación con el respeto por la creación? Más aún, ¿estamos utilizándola para potenciar nuestras capacidades humanas o simplemente para satisfacer usos triviales? La respuesta está en nuestras manos.